Eran las ocho de la tarde y salía del centro cultural Paco Rabal, en mi barrio, Vallecas. Acababa de terminar mi clase de baile y menos mal, odio a mi profesora, pero como adoro el baile tengo que aguantarla hasta que acabe el curso y me pueda ir a la Academia Miguel Marchan.
Empezó a sonarme el móvil, no tenía ganas de hablar con nadie, pero tenía que cogerlo, era mi madre, a lo mejor era importante.
-Raquel, ¿dónde estás?
-Acabo de salir de baile mamá.
-Vente al CDV, están Paula y una amiga suya aquí y me están preguntando por ti. – Todavía no entendía que hacía mi madre allí cuando no va nunca.
-¿Qué haces ahí?
-Pues que hoy es el partido de madres, te lo he dicho antes. – Sí, se me había olvidado.
-Ah, ya. Bueno voy a casa, me cambio y voy.
-Vale, date prisa.
-Vale, adiós.
-Adiós.
A veces es muy pesada pero bueno es mi madre, y no, no era importante.
Llegue a mi casa. Llamé al telefonillo, mierda, no hay nadie, mi padre se había ido también al partido. No tengo llaves, me fui al campo de fútbol a pedirle a mi madre las suyas, luego tendría que volver para poder cambiarme y que me viera el menor número de gente posible. De camino al CDV me encontré a David, siempre que hablo con él por el Messenger me dice que está enamorado de mí y que me quiere y todo eso y luego cuando le veo ni me saluda, que pesado es. Pero olvídate de él, no es nada importante en esta historia. Empecé a andar cada vez más rápido. Me puse mis cascos del mp4 y empecé a pasar las canciones hasta que llegué a Fondo Flamenco. Mis dos grandes sueños son, el primero, ser bailarina, aunque está muy difícil porque hay mucha gente que ahora apuesta por esa profesión, y conocer a los tres componentes de mi grupo favorito, aunque parezca casi imposible porque tienen demasiado éxito como para que una chica tan normal como yo pueda conocerlos. Lidia, mi mejor amiga, siempre me dice que ella conoce a uno de los cantantes pero no se da cuenta de que no la creo y me sigue contando las fantasías de su imaginación, pero de todas formas, esa es otra historia quizás la cuente más adelante.
Por fin llegué al CDV y me puse a buscar a mi madre, nada, no aparecía. Se me acerca una mujer alta y delgada, con el pelo negro y rizado igual que Paula, pero algo más corto, es Eva, su madre y me dice que mi madre ha ido un momento al mercado y que volverá en un rato. Perfecto, lo que me faltaba, ahora no puedo ir a cambiarme y llevo las peores pintas de mi vida.
¡Que fallo!, todavía no os he dicho nada sobre Paula. Aquí viene la presentación de una de las personas que mientras vaya transcurriendo la historia se va a convertir en uno de los pilares más importantes de mi vida, algo así como la hermana que nunca tuve, Paula García. Es una chica morena, pelo negro a la altura del hombro y muy rizado, con flequillo recto por encima de las cejas, algo más baja que yo aunque me saca un año. Todavía no la conozco mucho, solo sé que va al instituto Tirso de Molina y que su hermano pequeño, Carlos, juega al fútbol en el mismo equipo que mi hermano, Rubén, los dos tienen 10 años y son los dos igual de pesados.
Mientras empiezo a asumir que tengo que esperar a mi madre y que gente que no conozco va a verme así hasta que vuelva, se me acercan dos chicas, una de ellas es Paula y la otra algo más baja que ella, de pelo castaño perfectamente alisado con flequillo peinado a un lado, vestida con una chaqueta rosa y unos pantalones vaqueros pitillo que la quedaban perfectamente entallados a las piernas y mordiéndose las uñas continuamente. La miré de arriba abajo, empecé a envidiarla aunque yo nunca me pondría unos pantalones así, por algo los tengo al fondo del armario, ¿no?
Saludé a Paula, tarde o temprano tendría que conocer a la otra chica, era cosa del destino, la dí dos besos y la dije mi nombre, lo que no sabía era que mi vida cambiaría a partir del momento en el que dijo esas cuatro palabras:
-Hola, me llamo Alba.
…………………
Llegó mi madre. Fui a pedirle las llaves y les pedí a Alba y a Paula que me acompañaran a cambiarme a mi casa. No se las veía muy por la labor pero por no decirme que no acabaron viniendo. En el camino, empezamos a hablar del instituto, de como podía haber gente que todavía jugaba con aviones de papel en los cambios de hora de clase o de los profesores que tenían cuerpo de patata, de avispa o de cebolla y de todos los motes ridículos con los que se les llamaba para poder reconocerlos. Solo hablábamos de las típicas tonterías que se cuentan cuando acabas de conocer a alguien y no sabes que decir. Subimos a mi casa, me cambié, pantalones pirata y camiseta de tirantes. Cogí una chaqueta por si mas tarde hacía frío y volvimos al campo de futbol. Cuando llegamos otra vez al CDV, nos sentamos en el mismo sitio donde nos habíamos sentado antes y seguimos viendo a las mamás corriendo por la arena. Ninguna de las tres articulaba palabra. Se nos habían acabado las historias del instituto. Iba a ser una noche muy, muy larga.
Había acabado el partido. Habían ganado las madres de los niños más mayores y pedían su premio histéricas. Como si les fueran a dar un trofeo de oro macizo. Las miramos con una mueca en la cara, como si estuvieran locas. Llegó el premio: uno de los entrenadores de los niños más pequeños, vestido de mujer con una peluca rosa brillante, una camiseta verde fosforito con globos en el pecho, una falda a juego con un tanga rosa a conjunto con la peluca y unas piernas peludas. Empezó a gritar y a abrazar a todas las madres que formaban parte del equipo ganador. Alba, Paula y yo nos miramos y empezamos a reírnos como si nos hubiéramos estado aguantando las carcajadas de hacía años. Había que admitir que era bastante gracioso.
Al terminar el partido de fútbol había preparada una merienda para todos los que quisieran quedarse. La verdad, la comida era un asco. Pero nosotras, como no, obligadas por papa y mama, nos quedamos allí. Al cabo de un rato, que se hizo eterno, vino Leticia, una chica muy guapa, muy rubia, más o menos de mi altura y a la que conocía de hacía tiempo. Le presentamos a Alba y nos quedamos hablando las cuatro de pie delante de unos chicos que no paraban de mirarnos, más bien, no paraban de mirarla. Ahora si tenía más razones para envidiarla. Alba empezó a ponerse nerviosa, empezó a temblar, cada vez se mordía más rápido las uñas. Miraba al suelo buscando en esa mirada un refugio para que no pudieran verla. Y, obviamente, no funcionó.
Se nos acercó uno de los chicos, era de pelo moreno y estaba algo rellenito, sin duda, el mas feo de todos. Empezó a hablar, no nos quedó más remedio que escucharle.
-Oye, - Le temblaba la voz. Solo hablaba con Leticia, las demás nos quedamos apartadas escuchando. - dicen esos niños que si la de la chaqueta rosa quiere con alguno. – Esperaba una respuesta que no llegaba. Se fue mirando hacia sus amigos con una risa nerviosa.
Las tres miramos a Alba. Hizo un gesto de negación con la cabeza y puso cara de asco. Intentamos convencerla para que los conociera pero se negó en rotundo.
-Raquel ven, vamos a hablar con ellos.
-¿Qué dices tía? – Antes de que pudiera negarme Leticia me cogió del brazo y me llevo casi a rastras a hablar con ellos
La verdad es que había varios muy guapos, con unas sonrisas brillantes y el pelo colocado perfectamente hacia arriba. Iban casi todos iguales. Con el peinado de la cresta echa con gomina o con secador, plancha y dos botes de laca.
-¿Quién es el que quiere con esa chica? - Levantó la cabeza mirando hacia Alba y haciendo un gesto para señalarla.
Se miraron entre ellos buscando alguno que contestara. Solo uno se atrevió a articular palabra.
-Pues todos - Un chico bastante guapo, con el pelo como todos los demás y con una camiseta verde de Nike, fue el único que se atrevió a contestar. Sonrió como si fuera obvio que a todos les gustaba esa chica a la que yo envidiaba.
Muchos de los chicos que no querían, o sí querían pero les daba vergüenza, empezaron a decir que no eran todos y se fueron apartando del chico de la camiseta verde. Al final quedaron él y un chico que le llegaba a la altura del hombro, con una chaqueta amarilla y rubio con unos ojos azules preciosos.
Nos quedamos con ellos el resto de la noche. El chico de la camiseta verde se llamaba Iván, me dijo que después del verano se iba a cambiar al instituto Palomeras-Vallecas, es decir, mi instituto. El otro chico se llamaba Sergio, dos meses después descubriría que también iba a estudiar en el mismo instituto que yo.
Unos diez días después…
-Por fin último día.
-Sí, ya verano, vacaciones, playa… Ufff, que relax.
-Será para vosotros yo voy a tener que estudiar.
-Pues eso es cosa tuya, a ver estudiado antes. ¡Ja ja!
Todos se contaban sus planes para el verano que empezaría a las dos y veinte, cuando se acabara el último día de clase y quedaríamos libres de exámenes, deberes, estudios… Aunque no todos tenían la misma suerte y se tendrían que preparar los exámenes de recuperación de septiembre si querían pasar de curso.
Fue un día lleno de juegos, de ropa mojada por la fuente del patio del recreo, de felicidad por un lado porque se acababa el sufrimiento y de tristeza por el hecho de que muchos de nuestros amigos se iban a cambiar de instituto o se mudaban de la ciudad. Aunque a algunos, como yo, nos esperaba un verano y un curso bastante movido.

aqui solo aparece un capitulo ¿no tenias dos capitulos?
ResponderEliminarestaban separados en dos partes.
ResponderEliminarhttp://wasridingonthemayflower.blogspot.com/
ResponderEliminarhttp://xaeiou.blogspot.com/
ResponderEliminar